Érase una vez una planta que nació en el desierto. La
tierra, en agradecimiento, la parió fuerte para que pudiera vivir muchos años.
Sus raíces eran tan profundas como la noche y entretejidas
de sueños y leyendas de sus antepasados, de abuelas que parieron miles y miles
de veces, sembrando con cada vida un trozo de tierra.
La planta estaba sola en el desierto y miraba las dunas,
que eran criaturas indefensas, pequeños granitos de arena que se unían para
formar imperios de arenas y que el viento sin piedad deshacía, haciéndoles
comprender demasiado tarde que su paso era sólo pasajero, y no sueños de
eternidad inamovibles.
Durante muchos años, escuchando los ecos de sus
antepasados, contempló el paso de las dunas y nada la conmovía, sólo la luna
con su mirada plateada y sus guiños misteriosos la hacían mirar con curiosidad.
En los tonos rojizos y violetas de los amaneceres del
desierto aprendió a sobrevivir, porque en el desierto no llovía y necesitaba
agua para alimentarse.
Y en esos amaneceres rojizos y violetas sus abuelas le
enseñaron el secreto del llanto, por eso la planta entornaba sus ojos y de
sus savias fluían unas lágrimas verdes
cristalinas que limpiaban su cuerpo, enjuagando su pelo y sus pies, mientras
sus raíces se despertaban al frío de las verdes lágrimas, contándole nuevas
historias y sueños que sus antiguas abuelas tejieron. Así la planta aprendió
que el llanto es también lluvia de vida.
Por eso, a esta planta le pusieron el nombre de “flor de
agua”.
Así vivía aquella planta en aquel solitario desierto, leyendo
en las letras que el viento dejaba en las amarillas arenas.
Un día, una nube solitaria pasó por allí, viajaba sola
pero acunada en sonidos maravillosos que los hombres llaman música. La nube y
la planta se miraron y la nube se detuvo por no sé sabe qué extraño misterio. La
nube le habló y sus palabras eran caricias de lluvia que la planta nunca
conoció en la sequedad del desierto. La planta le respondió con sombras mágicas
y sus hojas proyectaban hermosas figuras de arco iris. Cada movimiento de la
planta era el reflejo de una nota musical de la nube. Por eso, la planta le dio
a la nube el nombre “canción para mí”.
En las caricias de lluvia de la nube, la planta alzando
sus ojos al cielo, vio que esa noche es la luna creciente, la luna plateada
guiñaba un ojo y ese mismo guiño plateado se reflejaba como un espejo.
La nube y la planta se amaron por primera vez con sonidos
de caracolas marinas en sus oídos, y sus besos adquirieron el compás de la
solemnidad de las olas al llegar a la playa porque todo un mar los rodeaba.
Eran besos de lluvia, eran besos de llanto, eran besos de
mar, eran besos de luna... eran besos de viejos sueños repetidos en la
milenaria historia con compases y ritmos de una música y una danza indescriptible.
Pero la nube era viajera y tenía que marcharse, su
libertad y su casa es el viento, surca el cielo sobre carretas de viento que
nunca cesan….
La planta mientras la nube se alejaba acunada en vientos
de música decía : recordaré tu primer beso, recordaré tu último beso y ellos
serán las agujas que en hilos de sueños tejerán nuevos besos.
Al principio, la planta vivía bebiendo recuerdos de amor
y nunca cesaba de tejer nuevos besos con las agujas del primer beso y del
último beso de lluvia que la nube le dio.
Vivía mirando al cielo, oteando con su mirada entre las
otras nubes el encuentro de su amor, la nube que desprendía besos de lluvia. Esperaba
y esperaba y no se cansaba de tejer nuevos sueños con sus agujas de besos. La
planta se olvidó de llorar para regarse sus propias raíces y en el desierto un nunca
llovía….. sólo cuando la luna salía en los atardeceres rojos y violetas, la
planta se daba cuenta que le faltaba el agua y que olvidaba el secreto del
llanto.
Hasta que un día, cesó de tejer con las agujas de besos y
vio que sus manos estaban secas y sintió que su corazón latían muy despacito.
En sus ojos se instauró una sequedad cruel porque no podía cerrarlos, ya que
hacía mucho tiempo que no derramaba lágrimas para bañar su cuerpo y regar sus raíces.
Se encontró muy sola, sumergida en una árida tristeza….. tan sólo la luna en su
trono plateado escuchó a su apagada voz decir “ luna, no me mires porque no
quiero ver mis hojas secas que ya no proyectan sombras de colores, y no puedo
cerrar los ojos para llamar a mis lágrimas porque olvidé el secreto del llanto
que me enseñaron” y la Luna pensó “
Planta, viviste entre los sueños del pasado y los sueños del futuro, olvidando
las lágrimas del presente…y esa mirada que no se cierra es la mirada de la muerte”.
La planta se estaba muriendo, sus hojas estaban inmóviles
y ya no podían hablar con el viento, ni peinarse mirándose en los espejos de la
luna, ni jugar con los espejismos de la arena del desierto…. Y la Luna vio que
las manos de la planta estaban atravesadas por dos agujas, eran las agujas que
fueron besos y que ahora eran metales que partían sus manos….
La Luna muy apenada por la planta lloró lágrimas de
coralitos blancos y que uno de esos coralitos cayó en la carita de la planta y
que este agua de la luna despertó a uno de sus ancestros que escuchó los
lamentos y le enseñó de nuevo el secreto para llorar, y la planta se hizo muy
fuerte. Sus hojas fueron más verdes y hermosas que nunca y volvió a jugar con
los espejismos del desierto y volvió a bailar con los vientos y volvió a mirar
con asombro a la luna todas las noches… así que la planta vivió muchos años…..
Pero nadie sabe el viejo secreto le enseñó su ancestro
para que volviera a vivir de nuevo, algunos dicen que fue el secreto de la
espera, otros el del amor y otros que tal vez el secreto del olvido.
Pero no hagais mucho caso al final de este cuento, no os
preocupeis por la solución de aquella triste historia con final feliz, preocúpaos
sólo por la solución del secreto que tú puedes escuchar en tus propias raíces,
cuando te encuentres en el solitario desierto y veas aparecer una nube acunada
en sonidos de música que te hará proyectar sombras mágicas al compás de besos
de lluvia, porque esa será vuestra nube.
Cuando yo que en un caluroso mes de julio, conoci a la mujer
a la que se le marca sobre su espalda la luna del guiño plateado, al tiempo que
esa misma luna se refleja en mis ojos como en un espejo de plata, quiero decir
que yo amo, no con las imágenes tristes del cuento, sino con toda la fuerza del
alma y el corazón. Con esto quiero deciros lo hermoso y bello que es amar.
Sir Branches
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